Nueve días después el Padre Manuel Herrera -que celebraba sus oficios religiosos en la Escuela 7 de Agosto- programa el gran bazar de San Isidro Labrador con el fin de recoger fondos para iniciar la construcción de la Iglesia en el lote cedido por el Municipio de Medellín frente a la manzana 34 y 35, o sea a la entrada para Boyacá, donde efectivamente se construyó.
Este lote en mención fue donado también para que se construyera en él una escuela pública pero al final le fue entregado a una fundación particular que construyó allí la Escuela-Hogar José Gregorio Hernández.
La otra parte del terreno le fue cedida en comodato por 99 años a la Hermana Imelda, de la comunidad Mater Dei, quienes no contentas con los 7.700 metros cuadrados aspiraron también apropiarse de lo que sería la prolongación de la Calle 113A e iniciaron su cercamiento. Las monjitas resultaron mas avispadas que el entonces párroco reverendo Samuel Álvarez-Tobón quien a duras penas alcanzaba a atender sus compromisos de milicia como capellán de la Escuela de Policía Carlos Holguín, contiguo a Las Brisas, y de la Escuela de Policía Carlos E. Restrepo en el municipio de La Estrella.
A veces los feligreses se quedaban sin comulgar porque las hostias no alcanzaban. Por las otras etapas de Las Brisas no se le vió núnca. Doce años atrás el padre Samuel Álvarez era profesor en la Universidad de Antioquia y cuando lo asignaron a ‘Boyacá-Las Brisas’ le preguntaba a su antecesor el reverendo Manuel Herrera, y al curita de Boyacá César Augusto Martínez:
—«Bueno, y...
¿dónde está la capilla, los ornamentos,
o los fondos para construirla?».
—«Consíguetelos como puedas!», fue la respuesta.
Y como pudo daba misa en media manga debajo de una enramada que allí se construyó. Contó con la colaboración efectiva e incansable de quien por siempre fue su brazo derecho, hasta que quedó postrado en cama en su residencia del barrio Boyacá, el señor Joaquín Guillermo Álvarez-Castañeda, procedente de Jericó y quien en sus años mozos fue Agente de Policía y terminó jubilado por Tejicóndor.
El viejito Guillermo Álvarez además de acolitar las misas de su tocayo se le veía recorrer a mañana y tarde los barrios, de casa en casa, puerta a puerta, recogiendo el ‘Huevo del Santísimo’ o el ‘Pesito para la Parroquia’ con su paciencia encorvada y unas gafitas que se colgaba en su esquelética y calva humanidad de Gandhi criollo.
Además del Espíritu Santo, sus amigos inseparables fueron el cigarrillo Pielroja y el tinto negro para pasar dos pastas de Mejoral que le permitían calmar el dolor de cabeza que le dejo la Fábrica de Tejidos el Cóndor.
Afectado por la taquicardia y una asfixia persistente que le dejó el tabaco permaneció al cuidado de su única hija Lucero y de su esposa la robusta y cadenciosa mulata Amanda Posada-Atehortua conocida por sus sanaciones atribuidas por algunos, menos por ella, al médico venezolano José Gregorio Hernández.
Después apareció una “médium’ venezolana”, ésta sí de verdad y paisana de la famosa Lourdes Murillo, a través de quien el medico José Gregorio hacía sus curaciones, según se dice. Luego llegó un vivo que se perdió con los $500 pesos que le cobraba a cada paciente que después de enviarlos a casita amanecían sin los algodones o unturas del mertiolate prometido.
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